Apuntes sobre Camilo Fernández Cozman y la crítica literaria en el Perú

Por diversas fuentes me entero que hace poco mi colega Camilo Fernández Cozman ha sido nombrado miembro de la Academia Peruana de la Lengua, viejo anhelo de mi estimado profesor sanmarquino, ahora por fin hecho realidad. Como una muestra de aprecio y consideración por sus logros, rescato de mi PC una reseña a su libro dedicado al poeta Rodolfo Hinostroza, escrita hace unos años y publicada en una revista universitaria de cuyo nombre no quiero acordarme. Por otro lado, mi nota también pretende ser una invitación a retomar algunos debates, un poco olvidados por tanto vedettismo intelectual y que en una época definieron las agendas de la crítica literatura en el Perú.



Parafraseando a T. Adorno, podemos decir que para muchos ha llegado a ser evidente que nada en la crítica y teoría literaria es evidente. Cualquier tesis, idea u opinión, se ha reducido solamente a eso: una, entre tantas otras teorías, ideas y opiniones. “Es tu lectura”, dicen muchos apelando a un relativismo extremo que convierte el hacer crítico y teórico en una práctica sofística. Más aún, esta práctica ha convertido a la disciplina en una especie de caverna neoplatónica. Una caverna donde, a diferencia de la de Platón, ya no hay filósofos que logren ver la luz. No hay verdades, sólo espectros discursivos.

Esta situación me sugiere la siguiente imagen. La teoría literaria es un hotel sin puertas ni ventanas donde cualquiera entra o sale a su gusto. Cientos de intelectuales transitan por sus pasillos. Por unas horas algunos se meten al cuarto de los deconstructivistas. Luego van al de los lacanianos, después al de los Estudios Culturales, foucaultnianos, y demás. Algunos, cansados de tanto ruido tratan de huir y se refugian en algún cuarto, cierran las puertas, tapian las ventanas y se vuelven narratólogos, neorretóricos, y hasta greimasianos. Sin embargo, este encierro inmanentista no los libra de nada. Los ruidos discursivos siguen atormentándolos tras las paredes y los techos.

Otros, también hartos de tanto ruido posmoderno, optan por salir del hotel y, desde la vereda de enfrente, tratan de entender, darle sentido a este hotel sin puertas. Estos últimos son los que enfrentan el hecho literario tanto desde una perspectiva textual como discursiva. En efecto, desde su óptica, el esfuerzo de la disciplina literaria debe estar orientado a desarrollar una teoría que relacione texto y discurso.

En varios niveles, la producción crítica desarrollada por Camilo Fernández Cozman revela un esfuerzo por participar en este último debate. En efecto, tempranamente, en Las ínsulas extrañas de Emilio Adolfo Westphalen (Naylamp Editores, Lima, 1990), Fernández Cozman pone de manifiesto esta intención al enfrentar la complejidad de la poesía westphaliana desde dos puntos de vista: la metacrítica y el análisis textual. La primera, referida a la discusión de la crítica en torno a la obra del poeta de Abolición de la muerte y su relación con el surrealismo; y la segunda, orientada a interpretar su poética fijando en el texto algunos elementos de la teoría de los arquetipos del psicoanalista Carl Jung. En su segundo libro Las huellas del aura. La poética de J.E. Eielson (Latinoamericana editores, Lima, 1996), Fernández Cozman profundiza el abordaje anterior, recurriendo a la neorretórica como base para el análisis textual y a la reflexión cultural en la línea de Walter Benjamin, uno de los más interesantes representantes de la Escuela de Frankfurt. Como bien señala Santiago López Maguiña en el prólogo, “este es un libro que ilustra muy bien lo que viene ocurriendo en el campo de los estudios literarios. Se privilegia la descripción, el análisis de textos, lo que no significa, sin embargo, que se desarrollen actividades cerradas, ciegas respecto a lo que tiene lugar afuera, en los contornos, en el contexto. Por el contrario, al tratar de determinar la significación, el sentido de los textos, los estudios literarios de hecho se ocupan de modos de percibir e imaginar que no son únicamente propios del campo de la literatura”.

En Raúl Porras Barrenechea y la literatura peruana (Fondo editorial de la UNMSM, Lima, 2000), Fernández Cozman se desprende del análisis textual explícito y desde una posición metacrítica “discute –cito- algunas hipótesis [sobre Porras] que han sido ciegamente aceptadas por la crítica del Perú”. Con una agresividad poco frecuente en su producción crítica, en el conjunto de ensayos que componen el libro, Fernández Cozman “pone en tela de juicio que Porras sea un hispanista tal como lo fue José de la Riva Agüero, y algunas hipótesis de Mario Vargas Llosa”. Al respecto dice nuestro crítico: “Vargas Llosa llama “arcaico” a Arguedas, pero en realidad el arcaico es él porque impone una racionalidad positivista de estirpe decimonónica”.

En el libro que ahora nos ocupa Rodolfo Hinostroza y la poesía de los años sesenta (Fondo editorial de la Biblioteca Nacional del Perú, Lima, 2001), Fernández Cozman engarzar texto y discurso en su reflexión sobre el poeta de Contranatura. Metacrítica, intertextualidad, neorretórica y pragmática, constituyen los ejes problematizadores del libro. Con ellos evalúa la recepción crítica que ha tenido Hinostroza en las últimas décadas, organizándola en periodos (enfoques parciales y visiones globalizantes); construye los horizontes de influencias poéticas y culturales que dominan su escritura (francesa e inglesa); desarrolla un análisis retórico-figurativo de Consejero del lobo y Contranatura, poniendo énfasis en las figuras del discurso y los interlocutores; y finalmente, realiza una aproximación pragmática de Contranatura. Con esta última orientación, Fernández Cozman logra explicitar el carácter discursivo de la poesía de Hinostroza, estableciendo que en él se “percibe la crisis de los metarrelatos, dispositivos que legitiman determinadas acciones sobre la base de narrativas de efecto connotativo como la política o la religión o la moral, por ejemplo. Sin embargo –sigue-, en un segundo momento, trata de reconstruir la utopía desde una perspectiva distinta dando cabida a otras manifestaciones culturales que constituyen una crítica de la racionalidad instrumental. En otras palabras: “La especie humana/ persiste en el error, hasta que sale/ una incesante aurora/ fuera del círculo mágico”.

Volviendo a la imagen del hotel, diríamos que con Rodolfo Hinostroza y la poesía de los años sesenta, Fernández Cozman logra ubicarse con mayor seguridad en la vereda de enfrente y observar de manera más nítida las relaciones entre texto y discurso. Obviamente, esta posición crítica puede ser discutida tanto desde Derrida como desde Genette. Porque, al fin y al cabo, el tema de la relación texto y discurso no es más que una salida ante la crisis de los paradigmas teóricos, que no anula las otras posiciones sino más bien aviva su debate. En este punto la producción crítica de Fernández Cozman deja notar sus límites. Unos límites impuestos por el objeto de estudio de sus investigaciones: Westphalen, Eielson, Hinostroza. Estos objetos lo ubican en la posición del crítico, pero no en la del teórico. Fernández Cozman, instrumentaliza diferentes aparatos teóricos (Teoría de los arquetipos, neorretórica, pragmática) con los cuales da sentido al entramado del texto, pero no discute sus fundamentos. A lo mucho fuerza sus campos de aplicación. Evidentemente, esto último escapa a las exigencias de sus investigaciones, que las cumple de manera satisfactoria. Pero no hay que dejar de observar que estos aciertos pueden encontrar más de un reparo si dejamos la posición del crítico y pasamos a pensar el tema desde la perspectiva teórica. Más aún, si se entiende que, desde el formalismo hasta la deconstrucción, el debate sobre el texto y discurso se ha desarrollado en el ámbito de la teoría.

Esto último en realidad no es una crítica puntual a su trabajo, con cuyos resultados en general estamos de acuerdo, sino un reclamo. Una exigencia de alguien que no duda que su capacidad analítica puede contribuir en el debate sobre temas que desborda nuestro espacio disciplinario, y recorre diferentes áreas de las ciencias humanas.
Fotos: [1] Camilo Fernández Cozman; [2] Rodolfo Hinostroza; [3] Docentes de la Escuela de Literatura de San Marcos en la Casa Museo Raúl Porras Barrenechea.

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4 comentarios:

Camilo Fernández Cozman dijo...

Muchas gracias, Carlos. Creo que debemos todos hacer teoría y no solo crítica. Es un reclamo importante que debe motivar una respuesta colectiva en nuestra Escuela de Literatura en San Marcos.Es importante diseñar una agenda teórica para los próximos años.

Carlos García Miranda (Lima, 1968) dijo...

No hay nada que agradecer Camilo: "al César lo que es del César."

Y claro, deberíamos tratar de impulsar un debate sobre estos temas que desde siempre nos preocupan. Esperemos que el espacio virtual -ya que resulta casi imposible hacerlo en el real- nos permita reiniciarlo.

Carlos García Miranda (Lima, 1968) dijo...

No hay nada que agradecer Camilo: "al César lo que es del César."

Y claro, deberíamos tratar de impulsar un debate sobre estos temas que desde siempre nos preocupan. Esperemos que el espacio virtual -ya que resulta casi imposible hacerlo en el real- nos permita reiniciarlo.

julio dijo...

En otras palabras logro separar la paja del trigo de manera positiva.