Notas sobre el Aloysius Acker, de Martín Adán


Así como la vida de Martín Adán (1908-1985), la trayectoria del recorrido editorial de Aloysius Acker es digna de un cuento de Borges: entre unos papeles y libros donados por el poeta Alberto Ureta a la Biblioteca Nacional, se halló un cuadernillo de poemas titulado Viaje Lineal. Entre los poemas se encontró uno llamado Aloysius Acker. Varios críticos de la época le dedicaron unas líneas. Poco después, su autor, Martín Adán, prohibió que se le incluyera en la antología que sobre su obra preparaba José Miguel Oviedo. Desde esa vez, todo lo relativo al poema estaría signado por el misterio y la leyenda. Su autor en una oportunidad dijo que no recordaba haber escrito ese poema. A duras penas un investigador, Ricardo Silva Santistevan, logró reconstruir unos fragmentos. Pero aún así, la génesis del poema continúa siendo un enigma. Además, habría que agregar las diferentes interpretaciones que vinculan el Aloysius con la muerte de uno de los hermanos de Martín Adán, con su amistad con el poeta mexicano Owen, y con la situación emocional que padecía en esa época. Como se puede observar, aquí también el problema de base se refiere a la identidad, aunque explorados desde la periferia del texto. Estrategia válida, pero insuficiente para fijar en el especio textual la problemática de la identidad latente en el poema. Nosotros lo abordaremos desde esta perspectiva.


Aloysius Acker (fragmento)

¡Aloysius Acker está naciendo
llenando de gritos la casa, el cielo!
¡Aloysius Acker está naciendo!
¡Aloysius Acker, hermano mío,
el hermano mayor, el hermano pequeño!
-¡Para ti son plumas todas las almohadas,
y con uno que no parece todos los sueños,
y con aire todos los caminos
y con voces todos los versos!
[...]

Mi identidad hostil, mi hermano verdadero
según seno incapaz de la propia natura!...
¡Ay, echado, nonato, el ternísimo cero
a cenagosa estrella de inmediata ternura!...
[...]

¿Quemaré la casa paterna?... ¿partiré de la patria?...
¿Seré un monje en un monasterio?...
¿Me echaré a marear, tatuado, barbudo, descalzo,
en el último de los veleros?...
¡Todo me es igual, Aloysius Acker!...
¡Sólo tú me eres idéntico!
[...]

Cómo morirá el que nunca ha vivido,
el hermano mayor, el hermano pequeño!...
Y cómo morirá tu hermano Aloysius Acker,
yo, el hermano mayor, el hermano pequeño!...
No más. Es necio.
Hemos de ser vivos.
Nada es más allá de nuestro juego.
Y aquí estamos, en la vida y en la muerte,
entre tanto vivo, sobre tanto muerto.
El que no eres tú, no es nadie.
El que no eres tú, es alguien,
Aloysius Acker.
Me basta andar contigo
en un mismo suelo,
en un mismo paso.
Me basta correr a comer contigo
con el mismo hambre, en el mismo plato.
hasta acariciar al niño
y sentirme con el otro extraño.
El otro nos odia.
El otro no tiene hermano.
El otro es el que se embriaga el sábado.
El otro es el canta misa.
El otro es un muchacho.
El otro es una vieja.
El otro eres tú y soy yo, si nos separamos.
¡Aloysius Acker ha nacido!
¡En todo instante está naciendo!

Tú eres el que me es idéntico.
Naces de mí como el desconocido
que tanto amamos en los sueños,
que siempre conocimos en los sueños,
que es uno mismo en los sueños.

De mí te apartas y eres como la imagen
en el espejo.
¿Cuándo no eres yo mismo Aloysius Acker?
el esperado, el compañero,
el que me sorprende, el que no conozco,
aquél por quien soy alguno y muero.

El que no eres tú es el otro,
el cavador del cementerio,
el taquígrafo, el mecanógrafo,
el que me espanta, el que no temo.
¡Vivir es estar tú cogido de mi mano!
¡Vivir es estar yo cogido de tu mano!
A veces te sueltas;
y andas solo por la ciudad y el campo!

Un primer acercamiento a Aloysius Acker nos permite reconocer en él tres secuencias narrativas. La primera se desarrolla entre los fragmentos 1, 2, y 3. En ellos, el yo nos revela el “nacimiento” de Aloysius Acker. Asimismo, se presenta a Aloysius como una presencia esperada “Ya estás entre nosotros”, reza unos de los versos. También se configura como un ser muy cercano al yo. En varios momentos el yo se refiere a él como hermano. Más aún, en el tercer fragmento la frase “naces en mí como el desconocido/ que tanto amamos en los sueños”, revela un mayor acercamiento.

Por otro lado, en el poema se configura un espacio escenográfico íntimo. Los versos “llenando de gritos la casa”, “el padre, la madre, la silla, el perro!” y el ya mencionado “naces en mí”, fijan este espacio a través de los conceptos casa/ familia/ útero. La segunda secuencia narrativa está integrado por los fragmentos 4, 5, 6, 7, y 8. En esta secuencia Aloysius Acker se muestra a plenitud. Ya ha nacido. Asimismo, el yo entra en un juego de relaciones identitarias con Aloysius Acker. Este juego está marcado en los versos “Yo no soy yo. Tú eres yo/ Y tú mueres. Y yo muero”, “Sólo tú me eres idéntico”. No existen marcar directas del espacio escenográfico, aunque en los versos se denota la misma atmósfera íntima de la secuencia anterior. La tercera secuencia se desarrolla en los fragmentos 9, 10, 11, y 12. En él el yo se presente como el doliente ante la muerte de Aloysius Acker. “¡El no nacido, el no engendrado, muerto!...”, “Flores, lágrimas, candelas,”, “Y por ti no llora el perro; / Y por ti no aúlla la madre”, revelan ese sufrimiento.

En estas secuencias la relación del yo con Aloysius Acker va transformándose en sus recorrido. Al principio el yo se muestra diferente de Aloysius, pero, ya desde el fragmento 3, y, en especial, el fragmento 6, se establece un reconocimiento del yo en Aloysius. Y, finalmente, en la última secuencia, vuelve a plantearse una distancia entre el yo y Aloysius. Evidentemente, Aloysius, en este juego de relaciones identitarias, problematiza el concepto de identidad personal. Una problemática que coincide con las planteadas por Paul Ricoeur. En efecto, en el libro Sí mismo como otro, Paul Ricoeur plantea una doble interpretación del concepto de identidad. De un lado, relaciona la identidad con lo “idéntico” (idem), y de otro, con el “sí mismo”(ipseidad). En este proceso, Ricoeur se propone liberar en la identidad la parte inquieta de "si mismo" de la parte opaca de lo "idéntico”. La empresa de Paul Ricoeur resulta ejemplar, pues no se propone únicamente la deconstrucción del uso de "identidad" sino su verdadera reconstrucción filológica; demostrando, persuasivamente, que esta palabra que nombra (o renombra) al yo frente al lenguaje posee una historia no sólo intrincada sino procesal; una actualidad, por lo mismo, potencialmente abierta. Sólo se puede pensar la identidad, nos dice, desde su narrativa, esto es, desde su relato de construcción y autorreflexión.

En palabras de Ricoeur, “sin la ayuda de la narración, el problema de la identidad personal está condenado a una antinomia sin solución: o se presenta a un sujeto idéntico a sí mismo en la diversidad de los estados, o se sostiene, siguiendo a Hume y a Nietzsche, que este sujeto idéntico no es más que una ilusión sustancialista, cuya eliminación no muestra más que una diversidad de cogniciones, de emociones, de voliciones. El dilema desaparece si la identidad entendida en el sentido de un mismo (ídem), se sustituye por la identidad entendida en el sentido de sí-mismo (ipse); la diferencia entre ídem e ipse no es otra que la diferencia entre una identidad sustancial o formal y la identidad narrativa. La ipseidad puede sustraerse al dilema de lo Mismo y de lo Otro en la medida en que su identidad dinámica en una estructura temporal conforme al modelo de identidad dinámica fruto de la composición poética de un texto narrativo. El si-mismo puede así decirse refigurado por la aplicación reflexiva de las configuraciones narrativas. A diferencia de la identidad abstracta de lo Mismo, la identidad narrativa, constitutiva de la ipsiedad, puede incluir el cambio, la mutabilidad, en la cohesión de una vida”.

Siguiendo a Ricoeur, diríamos que las transformaciones narrativas del yo con respecto a Aloysius se explican a través del concepto de identidad entendida como ipsiedad, es decir, como el cambio de la relación identitaria que establece el yo con respecto a sí mismo, y a Aloysius, que es un manifestación del yo. En efecto, desde esta perspectiva, Aloysius Acker no constituye un Otro, como algún psicoanalista podría pensar, sino una prolongación del yo, realizado por las marcas temporales que el poema presenta en su recorrido narrativo. Aloysius no es otro, porque su identidad no es abstracta, es decir, inmutable, sino que se trasforma, se narrativiza. De esta manera adquiere sentido el juego de relaciones identitarias que se plantean en el poema. Un juego que se estructura a partir de la noción de identidad como si-mismo. La que, según Ricoeur, permite la refiguración del yo y de Aloysius en cada lectura.

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