Limeños perdidos en Lima


Un día feriado en Lima. Las plazas llenas de palomas. Los autos repletos. La gente desbordándose en las veredas. Y yo en medio. Busco los lugares por donde un día caminaron Vallejo, Martín Adán, toda la generación del '50, '60, 70, '80, y '90. Voy al Cercado, en dirección al convento de las monjas clarisas. Sé que en el siglo XVII, entre 1600 y 1615 Felipe Guaman Poma de Ayala caminó en esta dirección en busca de la capilla de la Virgen Maria de la Peña de Francia. Llego a la Escuela de Bellas Artes. Por ahí debió andar Vallejo, pues a tres calles quedaba la imprenta de la penitenciaria, donde editó Heraldos Negros. Regreso, cruzo la avenida Abancay, el Convento de San Francisco -donde Fray Jerónimo de Oré, en el siglo XVII, buscó pruebas para canonizar al Fray Francisco Solano-, y llego al bar Cordano. Ahí, en los años cincuenta y sesenta, Martín Adán comía sandwiches de jamón mirándose en el enorme espejo del salón principal. Doy vuelta, y por la calle Azángaro bajo hacia el Parque Universitario. Detrás de lo que antes era el Ministerio de Educación está la casa de Martín Adán. Una casa derruida, meada por perros y cagada por gatos. Vuelvo a Azangaro y me detengo en el cruce con la Avenida Nicolás de Piérola. En esa esquina estaba el bar Palermo, cuna de la generación del '50. Ahora es un chifa de quinta categoría. Nada de sus pisos ni espejos se salvaron. Una decoración chillona oculta los frisos y los azulejos de antes. Sigo. Pienso entrar a la Casona de San Marcos. Pero desisto. Voy en dirección de la plaza San Martín. Encuentro el bar Negro-negro. Entró, me tomo una cerveza, converso con su actual dueño, llamado "el divino", y sigo mi camino. Así transito por lo que queda del Wonny, punto de encuentro de la Kloakas, el café Lux, en la plaza Francia, donde se reunía Hora Zero.
Y más hacia la calle Quilca, el bar Queirolo, donde han recalado todos los escritores "malditos" de esta ciudad, desde los años setenta. Veo con nostalgia el bar La rockola, donde una vez me reuní con los poetas del grupo Neón, en los años noventa. Desde ahí, miro la plaza Francia, donde Carlos Oliva solía romper botellas sin motivo, por puro aburrimiento. Me encuentro con una joven poeta, de apenas veititantos años. Ya es de noche, y decido llevarla por las nuevas rutas de la literatura peruana: Quierolo, el pub Yacana, y el bar rasta Etnias, de cuyo balcón más de un joven talento pensó sellar su generación con su salto.

A eso de las cinco de la mañana volvemos a caminar. Hablamos de muchas cosas. Entre ellas, de la posibilidad de que dentro de cien años otro par de jóvenes realicen la misma caminata, preguntándose si alguna vez ella y yo caminamos por estas calles limeñas, noctámbulos, algo perdidos, sin rumbo.


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5 comentarios:

Guillermo Raffo dijo...

Hay aquí una especie de rueda circular, de gente que la mayoría de los propios peruanos sólo ha oído a medias -y eso-, y peor aún, de los lugares adonde los escritores de inicios del 20 han ido, esa especie de rutina donde se encontraban y conversaban, y de pronto uno se topa con lo que queda de eso, quedando la sensación de casas derruidas, meadas -es decir, los residuos de la Lima criolla-, pero donde aún sigue viviendo gente, y siguen haciendo literatura, donde pueden pegar el salto.

Roberto Iza Valdes dijo...
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Carlos García Miranda dijo...

Te doy toda la razón, rafo.

virginia dijo...

hola Querido Carlos
Aquella vez tan solos por la ciudad
qué nostalgia..
..qué es de ti?
cuando vienes a Lima?

Carlos García Miranda (Lima, 1968) dijo...

Hola Virginia:

Sí, el texto fue escrito con nostalgia quilquera. Hace un par de meses estoy en Lima. A ver si nos vemos, pues estaré hasta diciembre. Ya sabes mi e-mail no? o por facebok.

un abrazo,

Carlos